Puro deseo
Algunas fuerzas innatas, como el deseo, invierten las categorías estéticas hasta el punto de presentarnos dentro de su lógica seductora los motivos más grotescos e incómodos.
Fue que alguien, o algo, salió por la puerta y no volvió a aparecer. Se preguntarán quién —o qué— será aquello que se marchó y suponen bien, dolió tanto, pero tanto, perder.
Esperen, hagan el favor de esperar.
Este personaje —del que les habla su narradora— ha leído sobre aquello con un único objetivo, el de no sentir lástima por lo humano. Libros y enciclopedias y conferencias para acercarse al fin a la estética de lo ridículo y visceral: cortarse las uñas de los pies, rascarse la piel, sangrar, chocarse con un cristal, morderse la lengua, la baba que cae sin rumbo, el dolor de espalda, los ronquidos y la cadena interminable de estornudos, los pedos, las cacas y los mocos.
Cuando la documentación fue suficiente y aquello recibió el nombre de deseo, la palabra se convirtió en una fuerza sobrenatural que le acompañó a todas partes, silenciosa, alerta, catalizadora de escalofríos y pensamientos. La urgencia del placer, ahora o nunca, eso era el deseo. En su máximo nivel, su lógica seductora lograba borrar barreras entre el deseo normativo y el deseo auténtico —lo que debería excitarle y no lo hace y, al revés, lo que le pone y debería avergonzarle. El pudor era invisible, el mundo parecía potencialmente placentero.
La fórmula teórica que desglosó el personaje fue la siguiente: a mayor deseo, menor inseguridad con el cuerpo propio y ajeno. Esta era la clave del camino que esperaba recorrer para que su entidad impuesta no le disuadiera de existir, estuvieran o no sus actividades relacionadas con la estimulación o el lenguaje del erotismo. Para la tipa en cuestión —bajémosla a tierra— fue posible comprender cómo montar en bici leyendo sobre la arquitectura del biciclo y la mecánica del movimiento de sus extremidades inferiores.
Lo que no le enseñó nadie es la manera de recuperar aquello, el deseo adquiriendo el pronombre demostrativo que indica la distancia techo con el sujeto. ¿Qué ocurre cuando un movimiento afectivo le abandona así, estando como está en cualquier esquina? No hay manera de deshacerse de su influencia, pensarán ustedes —y con razón. Ella sabe quién es sin el deseo de los demás, pero se siente perdida sin el suyo, de ahí que haya tratado de empaparse, en vano, con recitales, visionados e innovadoras miradas culturales.
Eso que antes era bello por reconocimiento, por ejemplo el onírico capítulo 7 de ‘Rayuela’, ahora luce una estridente posibilidad exclusiva de la literatura. Como si Cortázar fuera un mago, un inventor, y no un retratista de la realidad.
“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio.
Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura.
Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”.
La historia, sin embargo, podría haber sido diferente si el deseo nunca se hubiese estudiado a conciencia. Nuestro personaje se desdoblaría entonces en otro incapaz de identificarse con la pasión de su igual, Horacio Oliveira. En consecuencia, sentiría cercana la decepción de Marguerite Duras en ‘El amante’, la existencia fragmentada, vacante, sólida asfixia resonando de esta forma:
“La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. No hay camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie”.
En este relato paralelo, el personaje sabría montar en bicicleta a través del pedaleo de los conductores que observa. Podría disimular y fingir que es una ciclista experimentada, intuye las fórmulas del deporte. No le pidan que lo demuestre. Su cuerpo no haría empeño alguno en subirse a una bicicleta. Tiene bloqueada la iniciativa.
Necesita que la quieran. Necesita de unos ojos que le miren con el amor universal y reconocible. De los dos, este es el personaje pasivo. Sin buscarlo, lo que se instaló en su casa fue el cuerpo como castigo, por eso se rasca y se pellizca y no permite reposar sus extremidades en una posición cómoda ni asumir que la vergüenza domina cualquier tramo del camino.
Ambos personajes están hartos de las construcciones de una narradora caprichosa que solo sabe inventar arquetipos obsesionados con la gramática. Imaginen que existiera alguien que confiara el milagro de la salvación en los escritos de desconocidos. Ridículo. Como cuentista, comparto esa apatía de no querer presentar nuevos personajes —no habrá apariciones adicionales, nos quedamos con una desdoblada tercera voz— por lo que, en el resto del texto que les queda por leer, permítanme que les cuente mi verdadera opinión.
Al dejar que un personaje exista ajeno a la erudición —me refiero a los conocimientos básicos, que son las punzadas de curiosidad por lo que se ignora— se corre el riesgo de que crea que el amor romántico es intimidad y el deseo es vergüenza, una imagen sin duda superior en lo ridículo a roncar o caerse al suelo.
El deseo, tan difícil de apaciguar, es un punto de no retorno porque es supervivencia y es motor biológico innato. No tenerlo significa que un contingente violento lo neutraliza, como si nuestra expresión pública del ser estuviese en manos del personaje más injusto, no temo reconocer que soy yo, la que imagina a su gusto, a veces sin excesivo criterio. Es cuestión de tiempo que entonces el relato se tambalee y, en fin último, colapse irremediablemente.
Para llegar a la intimidad necesitamos el deseo. Sin voz para nombrarse, el misterio del cuerpo se opone a lo que debería ser, algo íntimo, minúsculo, accesible, dos personajes con las contradicciones que enfrenta un único intelecto.
Esa gente que desea —y lo hace con calma, de forma hábil, sostenida, favorable, desenfadada— tiene la llave para llegar a la intimidad, que es entrega y cuidado. De ser alguien, seamos esa gente. El cuerpo, ni premio ni castigo.
Decía Zambra: “Es bello leer y comentar lo leído un poco antes de enredar las piernas”. Personajes y narradora coinciden en que Alejandro tenía razón. Una de las mayores y triunfantes actividades a las que podemos dedicarnos es estudiar el deseo, intelectualizarlo para sentirnos vivas. Después nos habituaremos al apetito por las palabras y su posicionamiento y nunca jamás volveremos a llamarlo aquello; exploraremos la intuición de que aquello se refiere, cómo no, al puro deseo. La gramática nos salvará de perseguir el orden contrario, el deseo puro, ridículo.






yo pienso amiguita que eres la mejor!!!!!!!!!!!
Nunca entendí la exigencia budista de extingir el deseo para acceder a la Iluminación. Me parece un ideal inhumano que aniquila violentamente nuestra esencia como seres vivos... Me ha encantado tu defensa impenitente del deseo. ¡Te encío un fuerte abrazo!