Una suma de parches
A mí nadie me preguntó qué prefieres, Amanda, tú qué prefieres, y así estoy hoy, recién despertada, con mi termo y con doscientos blíster de fármacos preparados para la acción. La pastilla que me tomo por noche es la solitaria, la que no está acompañada por ninguna otra, afortunada ella, que tiene el organismo a su disposición.
Pensaba que los psicólogos no enfermaban de la cabeza. La mía está de baja. Su paciente de los jueves a las seis de la tarde y –ojalá– una de sus favoritas echa tanto de menos las sesiones que su cabeza transforma el anhelo en órdenes, miente, escapa, hazte invisible, discúlpate. Recuerdo el momento en que con ella descubrí que mientras hacía terapia necesitaba estar medicada. Terapia. Pastillas. Al mismo tiempo. No podía vivir al borde del ataque de ansiedad, disociada al noventa por ciento y muerta de sueño, por mucho que estuviera pagando a una profesional. Me lo confirmó el psiquiatra de la Seguridad Social –ese que escucha cada día una media de treinta y un monólogos de jóvenes precarios como yo. Ahí sentado tras su mesa y su teclado ruidoso, con la visual de una paciente miserable estándar, movió su silla ergonómica para desplazarse con un leve y calculado golpe de pierna hasta la impresora. Cogió el papel con mi baja médica y pasó a comunicarme el irremediable contrapunto, las instrucciones para una toma correcta de antidepresivos y ansiolíticos.
Creía que mi sistema lucharía por funcionar con una única fórmula. Pero no: la ciencia dice que la cura de una enfermedad es una suma de parches. De boca de otra persona, esta historia me provocaría ternura. Como me ocurrió a mí, cada mañana al abrir los ojos, antes del festival químico, me repito qué ingenua eres, Amanda, qué ingenua eres.
Carlota no me deja calificarme a mí misma patética ilusa. No entiendo por qué. En cambio, me prepara unos purés y caldos magníficos que transporta de la cocina a la mesita baja del salón sobre una bandeja del siglo pasado. Después coloca la manta de crochet encima de nuestras piernas. Me escucha hablar sentada en el suelo, con las piernas en posición de loto, igual que en sus clases de yoga. Duermo aquí, en su sofá, porque no tengo casa, y únicamente en mi amiga encuentro un oído al que lanzar mi grito de auxilio.
En secreto acumulo mis pastillas para empezar a venderlas la próxima semana a los drogadictos del barrio de Carlota. Vive en una zona acomodada de Barcelona, entonces ya vaticino que mis futuros clientes serán del tipo de ricos que compran porros liados y banalizan el poder de las tranquilizantes en formato blíster. Si no me compran a mí se lo van a comprar a otro, por un precio justo, además, lo cual sería una pena. Mi propósito es pura honradez: necesito actualizar el expediente con un número verificable de calle, de portal y de puerta para mantener la beca de la universidad.
Cuando Carlota se marcha a trabajar por las mañanas, yo me quedo haciendo gestiones con el portátil. En la primera pestaña de Google leo bibliografía para mi tesis y en la segunda busco por Idealista los perfiles de rentistas populares de la ciudad, aquellos que más roban y mienten, los verdaderos dealers. Es distópico que exista una página para elegir a nuestro próximo explotador, ¿cierto? Los imagino pagando clases privadas de golf, vacaciones a Marbella, paseos en yate, todo tipo de lujos en un verano eterno que nos prestamos a financiar, a golpe de click.
Renuncio a la atención a la pantalla del ordenador, me dan ganas de montar un ciberataque o un ataque terrorista. Turno del móvil. En cascada, muchas notificaciones. Vuelven a llegarme mensajes de los grupos que silencié hace trescientos sesenta y cinco días, cuando me fui de casa de Javi. Puedo transportarme al momento en que el correo entra en mi bandeja principal. Resolución favorable de solicitud de admisión al programa de doctorado. Me aferré al ordenador, simulando ver un capítulo de una serie. Pedí a Javi que, por favor, bajara a tirar la basura –siempre me decía que sí, hubiera lluvia, nieve o un huracán. De nuevo en la segunda pestaña del navegador, territorio de mis peores decisiones, reservé, sin apenas tiempo de reflexión, una habitación cercana al campus. Un piso compartido con cinco veinteañeros a un precio desorbitado, producto de un impulso fatal. Otras vacaciones a Marbella subvencionadas al rentista y qué ironía, yo prefería esa injusticia social y la idea de investigar en cocinas sucias y cuartos con humedades a continuar con nuestra farsa de relación, puesto que yo a Javi no lo quería, solo me gustaba que me quisiera. Bueno, solo no, que alguien te quiera es mucho. El engaño lo asume mi negligencia física; en una relación de año y medio solo lo amé –y ahí está bien utilizado– en contacto con su piel.
Tras la noticia, mi madre trató de hacerme regresar al hogar familiar, proyectando el sueño de recuperar mi cómoda vida en Madrid junto a una potente caldera de gas y radiadores. Lo rechacé. Pasé mucho frío y mucha vergüenza en mi nueva habitación. No salí de los grupos que compartía con Javi y con las amigas que entonces teníamos en común. Todas, menos una, me dejaron de lado. Yo no me arrepentí de haberme convertido en una Amanda retorcida, pobre por elección. Elegí quedarme sola en la ciudad. Dormí, como proyectaba, en pisos horribles. También en la calle cuando se terminó mi contrato. Mi madre no volvió a llamarme.
De pequeña no quisieron apuntarme a un equipo de baloncesto. Decían que era un deporte muy bruto para una niña. Tampoco a la piscina, pese a que amaba abiertamente la natación. Odiaban la peste a cloro, el foco de infecciones que intuían en el lugar, la sórdida posibilidad de que si te resbalas, te desnucas. Nada de ir al instituto con ropa ancha o chándal. Esa camiseta te queda fatal. Maquíllate un poco. Me tocó aceptar lo que viniera. Es lo que hay, es lo que queda, es lo que te mereces, desear en base a lo que te dejan al alcance de los ojos; un novio como Javi, unos padres como ellos y Amanda en medio, atrapada en una versión insatisfecha, perdida, capaz de fingir el amor para no quedarse sola.
Rescato la época en que, de vacaciones, me dejaban quedarme a jugar sin supervisión en la piscina del apartamento antes de subir a comer. Me acuerdo también de la primera vez que no tuve a nadie esperando al otro lado de la cortina del probador. Hay que enseñar a los niños a sostener la frustración, cuentan los educadores. Si te quieren debes querer de vuelta, se supone. Bueno. Me pregunto si incluso en las familias felices hay esa necesidad de escapar. Siento que mi generación, obsesionada como está con investigar su herencia emocional, choca con los cimientos que sostienen el perverso vínculo maternal. Parece como si hubiéramos llegado tarde a la fiesta, una fiesta de disfraces que enmascara el amor como posesión, obediencia, como un proceso de domesticación que, cuando resulta imposible, termina en abandono. No elegimos las normas y no queremos jugar a relacionarnos así. ¿Qué mundo queda para nosotras?
Acabé con Javi para huir del piso de mis padres. Acabé en la calle para huir del piso de Javi. Ahora, Carlota es mi casa. Me permite ser solitaria e independiente, igual que la pastilla de la noche.
Gracias, Carlota, porque al decirte sí a ti pude por fin decir no a muchas otras cosas. Gracias por recogerme de la basura –tal cual fue–, por seguir escribiéndome después de romper con Javi. Por enseñarme que el amor verdadero es la amistad. En nuestras conversaciones en tu casa me di cuenta de que este texto que trabajo en paralelo a la tesis y a Idealista —es decir, en la tercera pestaña del navegador— se está dirigiendo a una única solución. Qué sencillo habría resultado el camino si desde la infancia nos hubiesen permitido caernos y desobedecer y vengarnos y no entrar en ningún molde y correr el riesgo de dormir lejos de la protección de cuatro paredes y sobre todo, siempre, nos hubiesen preguntado qué prefieres, Amanda, tú qué prefieres.





que chulooo de mis favoritos hasta hoy !
Muy interesante 😃. Lo incluimos en el diario 📰 de Substack en español?